"¡Aquel que nunca haya comprado algún artículo pirata -especialmente películas-, que ponga en marcha la aplanadora!" - dijo un pirata.
"¿Qué dices? No te escuchamos. ¡Habla más fuerte, pezweón!" - dijeron en coro los empleados de un organismo público peruano y de algunas cadenas de cine, antes de aplastar alegremente -con la maquinaria pesada y con los pies- miles de películas piratas que yacían en las afueras de la institución.
Incluso se tomaron fotos (publicadas en Facebook) para conmemorar el "acto simbólico", que seguramente en algunas horas o mañana algunos medios convertirán en "un duro golpe contra la piratería".


¿Reacción? Una mezcla de indignación y burla. Indignación porque se trata de la actitud de un bárbaro que destruye todo lo que encuentra y que omite el detalle de cuidar el ornato de la ciudad y el medio ambiente (¿habrán reciclado los restos después de la faena?), y burla porque esa acción ha sido repetida infinidad de veces sin éxito alguno.
¿Se podrá vencer a los piratas haciendo trizas sus copias? ¿Cuál será el siguiente paso de esa "lucha"? ¿Irán de casa en casa los dueños de los cines y los funcionarios estatales a decomisar laptops, computadoras o cualquier dispositivo que pueda albergar material ilegal?
Si mucha gente prefiere ver una película pirata en su casa y no en el cine, hay varios motivos de por medio que van desde el precio de las entradas hasta la variedad de títulos. Y eso que no estamos tomando en cuenta el precio de alimentos en las confiterías, el cual supera con creces lo que se paga por un boleto.
¿Algo más? Sólo pedirle a los cines y las tiendas de video que piensen en algo: replantear sus políticas, trabajar en conjunto con las distribuidoras y lanzar promociones a las que el público -al menos la clientela frecuente- pueda acceder con facilidad. Y no olvidadrse de que el factor clave son los precios y de que amor al cine no significa estar en una sala oscura masticando palomitas, sino disfrutar y apreciar la película que estemos viendo. ¡Basta de hacer el ridículo!